Nota
aclaratoria: soy afiliado a CCOO y funcionario que podría hacer una huelga
solidaria sin dificultades. No soy del 17% de hogares que viven en alquiler a
precio de mercado. He participado en todas las huelgas generales que ha
convocado CCOO -menos las cosas del procés- y en varias de ellas en los
piquetes duros de madrugada en Mercabarna.
Es una
obviedad que la vivienda es una de las principales preocupaciones individuales
y colectivas en España. Hay aspectos que deben ser abordados de urgencia y
otros con medidas estructurales a todos los niveles y en todas las dimensiones.
Todo ello asumiendo dos premisas: a) la movilización social es necesaria para
desbloquear reticencias y superar intereses oligárquicos, y b) debe hacerse
preservando una coalición social y política – asumiendo los datos de Daniel Fuentes- entre propietarios (58,8% de
hogares), segmentos del rentismo popular (parte de ese 14,5% que recibe
rentas), beneficiarios de situaciones especiales (10%) e inquilinos a precio de
mercado (16,7%). Ello pone una dificultad política a la izquierda en este país:
la situación más vulnerable no es mayoritaria (aunque varía por tramos de edad)
y, dependiendo de lo que se proponga, parte de los sectores propietarios pueden
decantarse hacia acuerdos con los actores altamente especulativos/parasitarios.
Fruto
de la movilización social y política se ha conseguido que sea posible convalidar
en tiempo de descuento un RDL (el primero) que cuenta con amplia simpatía y
afrenta correctamente algunos de los aspectos más sangrantes de las injusticias
existentes en vivienda (no es objeto de este artículo pero para las políticas a
seguir -hacer de todo y en todas partes- recomiendo las propuestas de Javier
Burón).
Lo que
pretendo discutir es si la huelga general es un instrumento útil para avanzar
en las políticas de vivienda necesarias y/o si consolidan el bloque social y
político que debe asegurarlas.
Una
huelga general exitosa es algo muy difícil de lograr y requiere una implicación
social mayoritaria. Tiendo a pensar que los sindicatos (con su capilaridad
social) tienen buenos sensores para detectar la voluntad social de implicación.
Pero en este caso creo que están confundiendo simpatía y demanda social de
soluciones con implicación activa en la huelga (hay varios saltos de actitud
entre querer solucionar los dramas de la vivienda y realizar el paro). A ello
se le suma la presión que los sectores más activistas (internos y externos) han
lanzado y que ha ensordecido un necesario proceso de valoración de viabilidad
“abajo-arriba”. En palabras aproximadas de Juliana, ojo con el “riscaldamento”,
sea del motor izquierdo o del núcleo. Las presiones cruzadas entre aquellos
actores fetichistas que consideran la huelga un objetivo en sí (no un
instrumento) y aquellos que piensan que siempre es un acúmulo de fuerzas han
podido deslumbrar a quién tiene la responsabilidad de dirigir el conjunto
social y sindical.
Mis
intuiciones son las siguientes. Los sectores donde es más posible hacer huelga
(garantías del derecho, mayor cobertura sindical y mejores sueldos) son la gran
industria y el sector público. Creo -no tengo datos finos- que en estos
sectores es donde menor porcentaje relativo de inquilinos hay. Lo que implica que el grueso de la huelga es
por solidaridad y valores, no por interés propio. En el actual contexto,
renunciar a 100-150 euros será para muchos demasiado coste para un gesto o
protesta. En el lado opuesto, en los sectores de actividad más precarios y
atomizados -en que sin ser mayoritarios hay mayor proporción de inquilinos- es
casi una heroicidad hacer huelga (tanto por dificultad al no haber tanta
protección sindical como por lo que supone renunciar a 50-100 euros).
En la
realización de la huelga además se rompe la unidad popular entre los que
simpatizan con las razones y se impone una confrontación entre los sectores más
solidarios -que quieren hacer huelga- contra los que siendo comprensivos con
las razones no quieren realizarla. Esa rotura -muy distinta en cada huelga- deja
huellas. A las puertas de unas elecciones clave no creo que sea buena
idea hacer chocar en los piquetes a los más solidarios con los menos. Tengo la intuición que la derecha política
está frotándose las manos con la convocatoria viendo como nos cocemos en
nuestra salsa. La discusión en los centros de trabajo -y en las tertulias y
materiales de difusión virales- es previsible que vire a “huelga sí versus huelga
no”.
Además,
está la cuestión fundamental de contra quién -contra qué ya ha quedado claro-
se hace la huelga. A pesar de la confusión dominante, es obvio que a quién
desgasta es al gobierno -aunque se haga con el planteamiento de empujar más
allá al gobierno en funciones. Y más si
le sumamos lo expresado por los sindicatos: es contra todas las
administraciones que por acción u omisión son responsables de la situación.
Ello me
lleva a ser escéptico si una huelga con un seguimiento previsiblemente mediocre
(en el sentido de paro laboral 24h de país) puede empujar políticas de vivienda
y/o servir para acumular fuerzas al campo progresista.
Más
importante aún es el contexto -políticamente excepcional- en que se hace.
Estamos a las puertas de unas elecciones definitorias y con gran trascendencia.
Si Vox se sienta en el consejo de ministros, hay riesgos reales de regresión
democrática y social, de vaciamiento del estado del bienestar, de
antisindicalismo voraz, de puertas abiertas a la fracción oligárguica del
sector financiero/rentista y de rendición a la internacional
reaccionaria-fósil. Es por ello que, si viera que hacer la huelga general puede
ayudar algo a reforzar el bloque progresista, no dudaría en impulsarla. Pero no
soy capaz de ver ningún mecanismo de transmisión concreto específico entre la
realización de la huelga y la activación del bloque progresista y/o
desactivación del bloque conservador. Alguien podría considerar que si se
reconvierte en “paro de país” podría ser factible, pero experiencias y
contextos previos apuntan a no considerarlo ni posible ni deseable y más bien
un tiro en el pie. Aquellos mecanismos abstractos (desplazamiento de las
preocupaciones sociales, aumento de la discusión colectiva, formar parte de
algo masivo, más grande e ilusionante…) son mecanismos que pueden activarse de
mejor manera con movilizaciones sociales grandes y con mayor continuidad el día
después, sin los costes (logísticos, emocionales y de desgaste) que suponen
realizar una huelga general.
Dicho
todo esto, creo que aún estamos a tiempo que los sindicatos reconduzcan la
propuesta a una acumulación de movilizaciones. Para activar al bloque social y
político progresista y denunciar a las derechas. En este sentido, hay que
reconvertir la jornada de huelga en una jornada de movilizaciones. En palabras
de Samuel, “(…) escepticismo
con respecto a la propuesta de una “huelga general”, figura mítica que no
termina de cuajar en estos tiempos de precariedad y fragmentación laboral
(hasta el punto de que en Bélgica se conforman más bien con “jornadas de acción
nacional”, como movimiento sindical coordinado)”.
Lluís Camprubí

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