martes, 6 de octubre de 2026

El error -aún subsanable- de convocar Huelga General

 



Nota aclaratoria: soy afiliado a CCOO y funcionario que podría hacer una huelga solidaria sin dificultades. No soy del 17% de hogares que viven en alquiler a precio de mercado. He participado en todas las huelgas generales que ha convocado CCOO -menos las cosas del procés- y en varias de ellas en los piquetes duros de madrugada en Mercabarna.

 

Es una obviedad que la vivienda es una de las principales preocupaciones individuales y colectivas en España. Hay aspectos que deben ser abordados de urgencia y otros con medidas estructurales a todos los niveles y en todas las dimensiones. Todo ello asumiendo dos premisas: a) la movilización social es necesaria para desbloquear reticencias y superar intereses oligárquicos, y b) debe hacerse preservando una coalición social y política – asumiendo los datos de Daniel Fuentes- entre propietarios (58,8% de hogares), segmentos del rentismo popular (parte de ese 14,5% que recibe rentas), beneficiarios de situaciones especiales (10%) e inquilinos a precio de mercado (16,7%). Ello pone una dificultad política a la izquierda en este país: la situación más vulnerable no es mayoritaria (aunque varía por tramos de edad) y, dependiendo de lo que se proponga, parte de los sectores propietarios pueden decantarse hacia acuerdos con los actores altamente especulativos/parasitarios.

 

Fruto de la movilización social y política se ha conseguido que sea posible convalidar en tiempo de descuento un RDL (el primero) que cuenta con amplia simpatía y afrenta correctamente algunos de los aspectos más sangrantes de las injusticias existentes en vivienda (no es objeto de este artículo pero para las políticas a seguir -hacer de todo y en todas partes- recomiendo las propuestas de Javier Burón).

 

Lo que pretendo discutir es si la huelga general es un instrumento útil para avanzar en las políticas de vivienda necesarias y/o si consolidan el bloque social y político que debe asegurarlas.


Una huelga general exitosa es algo muy difícil de lograr y requiere una implicación social mayoritaria. Tiendo a pensar que los sindicatos (con su capilaridad social) tienen buenos sensores para detectar la voluntad social de implicación. Pero en este caso creo que están confundiendo simpatía y demanda social de soluciones con implicación activa en la huelga (hay varios saltos de actitud entre querer solucionar los dramas de la vivienda y realizar el paro). A ello se le suma la presión que los sectores más activistas (internos y externos) han lanzado y que ha ensordecido un necesario proceso de valoración de viabilidad “abajo-arriba”. En palabras aproximadas de Juliana, ojo con el “riscaldamento”, sea del motor izquierdo o del núcleo. Las presiones cruzadas entre aquellos actores fetichistas que consideran la huelga un objetivo en sí (no un instrumento) y aquellos que piensan que siempre es un acúmulo de fuerzas han podido deslumbrar a quién tiene la responsabilidad de dirigir el conjunto social y sindical.

 

Mis intuiciones son las siguientes. Los sectores donde es más posible hacer huelga (garantías del derecho, mayor cobertura sindical y mejores sueldos) son la gran industria y el sector público. Creo -no tengo datos finos- que en estos sectores es donde menor porcentaje relativo de inquilinos hay.  Lo que implica que el grueso de la huelga es por solidaridad y valores, no por interés propio. En el actual contexto, renunciar a 100-150 euros será para muchos demasiado coste para un gesto o protesta. En el lado opuesto, en los sectores de actividad más precarios y atomizados -en que sin ser mayoritarios hay mayor proporción de inquilinos- es casi una heroicidad hacer huelga (tanto por dificultad al no haber tanta protección sindical como por lo que supone renunciar a 50-100 euros).


En la realización de la huelga además se rompe la unidad popular entre los que simpatizan con las razones y se impone una confrontación entre los sectores más solidarios -que quieren hacer huelga- contra los que siendo comprensivos con las razones no quieren realizarla. Esa rotura -muy distinta en cada huelga- deja huellas. A las puertas de unas elecciones clave no creo que sea buena idea hacer chocar en los piquetes a los más solidarios con los menos. Tengo la intuición que la derecha política está frotándose las manos con la convocatoria viendo como nos cocemos en nuestra salsa. La discusión en los centros de trabajo -y en las tertulias y materiales de difusión virales- es previsible que vire a “huelga sí versus huelga no”.


Además, está la cuestión fundamental de contra quién -contra qué ya ha quedado claro- se hace la huelga. A pesar de la confusión dominante, es obvio que a quién desgasta es al gobierno -aunque se haga con el planteamiento de empujar más allá al gobierno en funciones.  Y más si le sumamos lo expresado por los sindicatos: es contra todas las administraciones que por acción u omisión son responsables de la situación.


Ello me lleva a ser escéptico si una huelga con un seguimiento previsiblemente mediocre (en el sentido de paro laboral 24h de país) puede empujar políticas de vivienda y/o servir para acumular fuerzas al campo progresista.


Más importante aún es el contexto -políticamente excepcional- en que se hace. Estamos a las puertas de unas elecciones definitorias y con gran trascendencia. Si Vox se sienta en el consejo de ministros, hay riesgos reales de regresión democrática y social, de vaciamiento del estado del bienestar, de antisindicalismo voraz, de puertas abiertas a la fracción oligárguica del sector financiero/rentista y de rendición a la internacional reaccionaria-fósil. Es por ello que, si viera que hacer la huelga general puede ayudar algo a reforzar el bloque progresista, no dudaría en impulsarla. Pero no soy capaz de ver ningún mecanismo de transmisión concreto específico entre la realización de la huelga y la activación del bloque progresista y/o desactivación del bloque conservador. Alguien podría considerar que si se reconvierte en “paro de país” podría ser factible, pero experiencias y contextos previos apuntan a no considerarlo ni posible ni deseable y más bien un tiro en el pie. Aquellos mecanismos abstractos (desplazamiento de las preocupaciones sociales, aumento de la discusión colectiva, formar parte de algo masivo, más grande e ilusionante…) son mecanismos que pueden activarse de mejor manera con movilizaciones sociales grandes y con mayor continuidad el día después, sin los costes (logísticos, emocionales y de desgaste) que suponen realizar una huelga general.


Dicho todo esto, creo que aún estamos a tiempo que los sindicatos reconduzcan la propuesta a una acumulación de movilizaciones. Para activar al bloque social y político progresista y denunciar a las derechas. En este sentido, hay que reconvertir la jornada de huelga en una jornada de movilizaciones. En palabras de Samuel, “(…) escepticismo con respecto a la propuesta de una “huelga general”, figura mítica que no termina de cuajar en estos tiempos de precariedad y fragmentación laboral (hasta el punto de que en Bélgica se conforman más bien con “jornadas de acción nacional”, como movimiento sindical coordinado)”.

 

Lluís Camprubí